DE PUÑO Y LETRA

Superar la indiferencia para evitar la impunidad

* Por Nahuel Maciel


Luego del informe periodístico del jueves pasado publicado por Daniel Enz en la revista ANÁLISIS referido a los abusos sexuales cometidos durante casi cuarenta años por el abogado e historiador Gustavo Rivas en Gualeguaychú, la comunidad ya no será la misma. Y mucho más con la apertura de la investigación penal preparatoria que abrió de oficio el fiscal coordinador general Lisandro Beherán. Con la publicación del informe y luego con la investigación penal en pleno desarrollo, ya no hay lugar para “el secreto a voces” en una comunidad que sabía pero callaba públicamente o sólo lo hablaba en reductos íntimos.
El “secreto a voces” es una frase popular que intenta explicar que un hecho que es ampliamente conocido, no es reconocido públicamente. O al revés, algo que es conocido públicamente por todos, solo se lo refiere en un ámbito privado.

Algunos pueden señalar que estas dolorosas historias desnudan la hipocresía de una sociedad. Enseña el diccionario que la hipocresía es el “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. La definición cuadra más para el agresor que para la comunidad.

El reconocido abogado, el afamado historiador y escritor, el elogiado disertante fingía cualidades para ocultar su piel de chacal.

En todo caso –y no es una apreciación definitiva- ese “secreto a voces” prohijó o patrocinó cierta cultura de la indiferencia, especialmente hacia las víctimas. Volvamos al diccionario. Enseña la Real Academia Española que la indiferencia es el “estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado”.

Como fuere, tan sólo con hipocresía y con indiferencia se ha alimentado la impunidad… hasta el jueves pasado cuando una comunidad amaneció sabiendo que ya no podía cerrar los ojos ni los sentidos de humanidad para seguir con “el secreto a voces”.

La denuncia fue de tal magnitud que en todos los rincones del país, casi sin excepción, se habló del tema. Se rompió el silencio y se da una oportunidad para que ahora la solidaridad hacia las víctimas, destierren la indiferencia y la impunidad.

Por eso ha sido valiente e importante el informe periodístico de Daniel Enz y mucho más será su correlato en la investigación penal preparatoria abierta por el Ministerio Público Fiscal.

Porque a partir de que ya no se puede ocultar lo que todos sabían, la palabra dejó de estar secuestrada… y el hablar del tema será terapéutico no sólo para las víctimas sino para la sociedad en su conjunto.

Cuando impera ese silencio, las personas son capaces de ver y sentir lo que está sucediendo en su entorno, pero al no ponerlo en palabras, al no hablarlo, corre serios riesgos de enfermarse psíquica como físicamente. Por eso se dice que la palabra tiene el don de liberar el alma. Por eso es terapéutica.

Es cierto que los factores que llevan a una persona o a una comunidad a callar son innumerables. Lo más usual es que se calle por miedo, por creer que hablar de nada servirá o por el simple hecho de evitar conflictos.

Pero también es verdad que cuando se habla del tema, cuando se dice las cosas por su nombre, entonces los fantasmas que antes todo lo envolvían, comienzan a evaporarse y ya no generan miedo. Romper el silencio y el miedo (esos secretos a voces) es lo que permite ser más libres. Por eso la palabra también es un bálsamo ante experiencias traumáticas.

Una vez más hay que favorecer que las víctimas hablen ante la Justicia; máxime con todas las garantías que se dieron para este caso y que incluye poder hacerlo en Paraná, a 300 kilómetros de distancia de Gualeguaychú y así evitar que la acción del tiempo todo lo diluya.

Y hay que hacerlo a pesar de saber que un depredador sexual cuando es condenado por la Justicia, lo es por un tiempo limitado; aunque las víctimas tengan un dolor perpetuo.

Fuente: El Argentino.