DE PUÑO Y LETRA

El caso Rivas nos interpela a todos

* Por Hernán Rossi


La profunda y valiente investigación de nuestro colega Daniel Enz respecto de posibles e innumerables abusos de menores por parte del Dr. Gustavo Rivas nos sacude. Nos interroga. Nos trastoca. Nos avergüenza.

Ya varios días después nos obliga a empezar a sacar las primeras conclusiones, respecto de nuestra indiferencia y también de nuestras hipocresías. Obviamente que, de comprobarse los delitos, en este collage –componente de cualquier sociedad- nos encontraremos con vecinos que habrán sido cómplices; algunos otros que tenían certezas y callaron y otros que ni siquiera imaginaban.

En ronda de colegas, uno se pregunta por qué debió pasar tanto tiempo. Por qué esa investigación no partió de alguno de nosotros. Y nos miramos, y balbuceamos algunas respuestas e intentamos teorías que nos saquen del estupor. Aunque en definitiva ninguna nos conforme.

Siempre con la presunción de inocencia por delante (cuestión que ahora también debemos respetar), hace mucho tiempo ya había elementos para indagar, para avanzar. Pero el mea culpa periodístico que podamos intentar –que cada uno hará o se sentirá excluído- no puede ser un acto divorciado de toda una comunidad, de sus mezquindades, de sus relaciones, de sus ámbitos de poder, de sus virtudes y defectos. De la doble vara que tenemos para medir los hechos, dependiendo del origen, de los apellidos, de su situación económica y de tantos otros aspectos ampliamente subjetivos.

Otra cuestión nos da vueltas y nos carcome la cabeza: ¿por qué razón, si esto es cierto, no salió a la luz con anterioridad de la mano de la denuncia de una víctima? ¿Por qué tanto silencio?

Pero ese interrogante casi se responde por si mismo con sólo mirar el enrevesado comportamiento de nuestra sociedad en las redes sociales a partir de la difusión de esta investigación. Si bien, y hago la aclaración, que debemos tener casi las mismas contradicciones que cualquier otra ciudad de la Argentina, la picadora de carne que suponen hoy estos soportes mediáticos, casi que explican por sí solos tanto silencio.

Si bien es cierto que estas nuevas tecnologías no existían hace muchos años, hoy dan cuenta de lo que en otro momento hubiera sido el comentario de zaguán a zaguán, en la cantina, en el club o en el trabajo. Las redes desnudan nuestras cabezas, las dejan a la intemperie. En verdad que la lectura de esa gran platea de opiniones por momentos sorprende, por otros atribula y por otros indigna.

No todo es lo mismo. Por ejemplo, no es posible respaldar estos (supuestos) actos de abuso a partir de ser una ciudad de Carnaval. Uno queda atónito ante comentarios que emparentan una elección sexual con el abuso de menores. Que el mucho o poco componente gay dentro del ambiente carnavalero no podía si no terminar en este tipo de hechos aberrantes. No estamos entendiendo nada. Y mezclamos todo.

Creo que no hace falta explicarlo, pero por las dudas lo destaco: el ser gay, lesbiana, trans o heterosexual no nos transforma ni en santos ni en abusadores. La cuestión va por otro lado. Las perversiones van por otro carril. Parece increíble que en 2017 tengamos que explicar esto.

Otro aspecto que espanta está dado por el hecho de intentar justificar abusos a partir de la “complacencia” de chicos de 14, 15 y 16 años. O sea, para muchos, el hecho de que los menores no hayan sido ingresados “por la fuerza” a los domicilios donde supuestamente habrían ocurrido los hechos, eximiría de cargo al supuesto abusador. Es un disparate gigante. ¿Alguien no es capaz de ver la diferencia entre un adulto y un menor, con todo su ser en proceso de transformación, tan lejos de una maduración? ¿No advierten las abismales diferencias que hay entre las dos partes? ¿O será que no queremos verlas para mitigar nuestra culpa?

Justamente este entramado de doble moral, de hipocresías, de inversión de responsabilidad y culpabilidades, de apuntar hacia la víctima, de machismo mal entendido, han provocado tanto silencio. Hay que tener una coraza demasiado gruesa para desafiar el pasado, el dolor, las burlas y una multitud de dedos acusadores que invierten todo para que termine en nada.

También resulta que ahora todos sabían. Que era una verdad insoslayable. Vale preguntarse que hicieron o hicimos con esa información. O el otro disparador que generó este caso: ahora se preguntan que se va a hacer con Fulanito o Menganito que supuestamente tendrían prácticas similares a las denunciadas. Pero todo pasa por el otro. Todos somos jueces y ninguno se compromete ni se replantea nada.

Tampoco debemos caer en el lugar común de algunos “iluminados y esclarecedores” medios nacionales que llegan con sus luces y flashes e intentan posicionar una ciudad al estilo de Sodoma y Gomorra. Cuando el rating ya no pague, se irán los móviles con sus periodistas a colonizar otras ciudades, a jugar su juego de grandilocuencias y espectacularidades sin importar demasiado el contenido, ni las víctimas, ni nada. En nombre del gran show, todo vale.

En definitiva hay una investigación en marcha, que debemos respetar y esperar. Eso no significa que debamos permanecer inmóviles, todo lo contrario. Debemos ser garantes de una investigación judicial seria y profunda. Debemos indagar, echar luz, informar con responsabilidad. No permitir que la causa duerma. Necesitamos la verdad. Por los colegas involucrados. Por las supuestas víctimas. Por el supuesto victimario. Por nuestra ciudad. Por nuestros hijos.

Metaforizando, nos acaba de caer una bomba. Debemos ir en busca de los cascos y salir a ver que pasa, en la búsqueda de las causas y consecuencias. Quedarnos escondidos en nuestros bunkers subterráneos solo profundizará el silencio; y la verdad, se escurrirá una vez más entre los laberintos de hipocresías, intereses y miserias.